viernes, 7 de septiembre de 2012

Emperadores siniestros

 



Calígula

Calígula tendrá, en el futuro, un lugar de dudoso honor en la sangrienta lista de los emperadores romanos, sin que esto quiera decir que fue intrínsecamente peor que otros. Y es que la fama de algunos malvados de la Historia suele depender de un cúmulo de circunstancias presentes y futuras a partir de las cuales, los historiadores hacen su trabajo.
 
En el caso de Cayo César Germánico llovía sobre mojado tras su antecesor, el impresentable Tiberio. Con su mandato, el Imperio Romano alcanzará su plenitud tras la época puente del Principado que había iniciado Augusto y proseguido Tiberio, ya con el título de Imperio. Calígula añadiría a la


nueva simbología imperial elementos helenístico-orientales que intentarían embellecer lo que, bajo su reinado, no sería otra cosa que una durísima monarquía teocrática a merced de sus caprichos.

Sobrino y sucesor de Tiberio (quien lo había adoptado), hijo de Germánico y de Agripina, y tercer Emperador romano, nació en Antium (hoy Porto D’Anzio). Será conocido como Calígula (diminutivo de caliga, sandalia militar). Antes de ser elevado al trono, debió dar señales alarmantes, ya que el propio Tiberio, a quien acompa ñaba en su retiro de la isla de Capri, comentó: «Educo una semiente para el Imperio». La serpiente lanzó muy pronto el veneno, pues con ocasión de la muerte de Tiberio, y cuando todos creyeron que el viejo crápula había dejado de vivir, con el cuerno aún caliente, Calígula arrancó el anillo del dedo del Emperador, y se lo puso para hacerse proclamar por los presentes nuevo César.
 
No obstante, en pleno juramento, Tiberio, el pretendido cadáver, pidió un vaso de agua, y el terror se enseñoreó de todos, y muy en especial de Calígula, que lucía ya el anillo imperial y se relamía de gusto ante la perspectiva inmediata de asumir el poder. Aunque Macro, allí presente, ante lo violento y peligroso de la situación, se abalanzó sobre el moribundo y, con su propia almohada, lo asfixió. Calígula, el nuevo Emperador, por fin pudo respirar tranquilo... Calígula era un hombre sin atractivos, de aspecto aterrador que acentuaba con su costumbre de ensayar continuamente las más diversas muecas con las que deseaba asustar, aún más, a los que le rodeaban. Su escasa cabellera era muy encrespada, lo que le acomplejaba doblemente. Muy pronto haría prácticas de sadismo en especial sobre las mujeres que tenía más próximas, con las que se ensañaba, según contaba Séneca.
   
Este sadismo, según el filósofo cordobés, además de por la utilización de castigos y martirios físicos, se presentaba bajo otras formas de tortura provocadas por el mismo emperador, exactamente a través de sus ojos, cuya mirada nadie era capaz de resistir sin empezar a temblar. Bien lo sabía el filósofo cordobés pues, odiado por el emperador, a punto estuvo de perecer por orden de Calígula. Fue salvado in extremis por una concubina del tirano, y no por humanidad sino porque, sabedor de que Séneca sufría una grave tuberculosis, pensó que no valía la pena adelantar por poco tiempo un final que parecía próximo. En el día a día de Calígula todo valía para llevar a la realidad uno de sus más pregonados deseos: «Que me odien, mientras me teman». No obstante, y llegado el momento, parece ser que Calígula era consciente de su patología mental, o sea, esquizoide, de origen genético.
 
Tanto es así que, consciente de su inestabilidad psíquica, pensó seriamente en retirarse del poder imperial y ponerse en manos de quienes pudieran curarlo, pues su enfermedad no era original, sino consecuencia de unas altísimas fiebres que padeció en sus primeros años. Un defenestrado (quitado de la circulación) y asustado Séneca, por ejemplo, no dudó en dar salida a su odio hacia Calígula escribiendo (aunque, por supuesto, sin publicarlo entonces) un libro titulado De la cólera, que era un ataque en toda regla, y sin perdón, hacia el odiado personaje que dirigía el Imperio.
 
Con ocasión de su acceso al trono a los 23 años, Calígula sacrificó 160.000 animales como acción de gracias por tan importante suceso, e inició desde aquel momento, su ascensión imparable hacia el poder máximo y caprichoso que culminará en su inclusión en la no muy ejemplar historia de los emperadores romanos en un destacado primerísimo puesto de crueldad y arbitrariedad, a pesar de que, sorprendentemente, inauguró su reinado ejerciendo una política de tolerancia como reacción al despotismo y maldad de su antecesor, su protector Tiberio. Incluso suspendió los odiosos procesos por lesa majestad de su antecesor, además de volver a los comicios en los que se elegía a los magistrados (con Tiberio lo había hecho el Senado). Además, nadie le negó su amor por los desfavorecidos y su odio por los ricos, conducta esta última que, al final, sería su perdición.
 
En correspondencia, en estos primeros tiempos el pueblo romano lo adoraba, quizá por ver en él al hijo de aquel Germanico desgraciado y bueno y deduciendo, erróneamente, que sería como su progenitor. Todo empezó a torcerse cuando, en apenas un año, gastó todo el tesoro que había heredado de Tiberio, unos 2.700 millones de sestercios, teniendo que tapar aquel enorme agujero con nuevos y gravosos impuestos de los que no se salvaba nadie. Por ejemplo, impuso un canon a los alimentos, otro por los juicios, a los mozos de cuerda, a las cortesanas e incluso a todos los que tenían la feliz idea de contraer matrimonio. Pero todo este atraco no era suficiente y, tras insistir una y otra vez en esta actitud de pedigüeño, en el transcurso de sus muchos delirios, aseguraría sentirse en la más absoluta ruina, llegando en su sicopatía a pedir limosna en las calles romanas además de obligar a testar en su benefició a sectores de la población bastante ricos, poniéndose muy nervioso si éstos, los llamados a cederles sus riquezas, no se morían pronto. Durante esta fiebre de miseria más o menos imaginaria, pero no menos obsesiva, llegó a confiscar las posesiones de sus propias hermanas, Julia y Agripina, y acusarlas de conspirar contra él. Pero volviendo atrás, a los primeros tiempos de su poder absoluto, aquellas primeras bondades del inicio de su reinado las olvidó Calígula apenas medio año más tarde, superando enseguida las atrocidades de su predecesor, acaso por sufrir un conjunto de enfermedades mentales que le provocaban noches interminables presididas por el insomnio, además de sufrir de continuo espantosos ataques de epilepsia, que nunca le abandonaron.

Precisamente sería tras un agravamiento de sus enfermedades, y después de una inesperada recuperación cuando todos le daban por perdido, cuando se evidenciaría aún más toda su crueldad, puede que como secuela de su enfermedad anterior. Según se levantara de un humor que siempre era variable y caprichoso, demostraba manía persecutoria, delirios y quimeras relacionadas, de nuevo, con el dinero como, por ejemplo, la necesidad que tenía de pisar físicamente un montón de monedas de oro con sus pies descalzos. También formaba parte de su esquizofrenia su desinterés, convertido en odio, por los más famosos autores contemporáneos, ordenando la destrucción (aunque, a la postre, no lo consiguió) de todas las obras de Homero, Virgilio, Tito Livio y otros. Tuvo una pasión incestuosa por una de sus hermanas, Julia Drusila. Muy jóvenes ambos, Calígula la había poseído por primera vez, siendo sorprendidos los dos adolescentes en el lecho por la abuela Antonia, en cuya casa vivían. Nunca renunciaría a ella, sino que, años después, y a pesar de que la habían casado con un tal Lucio Casio Longino, Calígula la compartió y fue Drusila, al mismo tiempo, esposa legítima de su hermano.
 
Incluso durante una grave enfermedad que parecía iba a ser definitiva y con un fatal desenlace, Calígula nombró como heredera a su misma adorada hermana y esposa. J.ustificaba esta atípica relación en que, en las dinastías de los Ptolomeos, en su adorado Egipto, esto —la unión de dos hermanos— era considerado una relación incluso sagrada. Su amor hacia Drusila le llevó a sentarla junto a él en el Olimpo que había creado con su misma persona como dios principal, divinizándola también. Cuando ella murió, Calígula no tuvo consuelo, y muy afectado, ordenó e impuso un luto general, dictando durísimos castigos para los que, en ese período de duelo, se bañaran, se rieran aunque fuese poco o, en fin, hubieran comido en familia de forma distendida o agradable. A continuación huyó de Roma y no paré hasta Siracusa. A su regreso, volvió desaliñado, con los cabellos enredados y obligando a que, en adelante, todos juraran por la divinidad de la difunta Julia Drusila. Desde el primer momento imprimió a su reinado de una pompa desconocida, asumiendo de hecho una teocracia en lo externo, deudora de lo helenístico-oriental entre lo que incluyó actos como el de acostarse, además de con Drusila —que siempre sería su preferida—, con sus otras hermanas, las cuales, después de yacer en el lecho del emperador, fueron entregadas por éste a varios amigos como auténticas prostitutas que estos podían utilizar y explotar a su antojo. En otra ocasión, habiendo sido invitado a la boda de un patricio llamado Pisón, durante el banquete decidió robarle la esposa (Livia Orestila) al atónito flamante marido, llevándosela a sus aposentos y poseyéndola. Justificó este rapto y posesión en que, realmente, Livia era su esposa, y amenazó a Pisón si tenía la audacia de tocar a su mujer. Y es que las caricias impacientes de los desposados habían enardecido a Calígula, que quiso adelantarse al marido en el disfrute de la todavía virgen esposa.
 
Esta conducta indigna del Emperador no era excepcional, ya que en los banquetes solía examinar detenidamente a las damas asistentes, y no evitaba levantarles los vestidos y comparar sus intimidades, escogiendo a alguna y retirándose para gozarla, como hiciera con la desgraciada Livia Orestila. Después regresaba con evidencias del encuentro y se deleitaba ante los asistentes con confidencias sexuales sobre la arrebatada de turno. Fue también amante de Enia Nevia, esposa de Macron, y entre las cortesanas, su favorita fue Piralis. Asimismo, se divertía mucho divorciando, en ausencia de sus maridos, a damas de alta alcurnia, con las que también se acostaba. No obstante, y por medios legales, Calígula tuvo otras esposas: Junia Claudila (que Íallcció tras su primer parto), la misma esposa de Pisón, Livia Orestila, Lolia Paulin~ y Cesonia. Esta última fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al Emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias. La pasión por Cesonia y la manera cómo la consiguió, son dignas del carácter del Emperador. Era Cesonia una bella matrona llena de sabiduría a quien Calígula coiioció el mismo día que ella paría en palacio (de donde era habitante como una mas de las muchas personhs al servicio del emperador) una hermosa niña.
 
Encariñado desde ese momento con la madre y con la niña, puso a ésta el nombre de Drusila, en honor de su hermana y amante, y se proclamó padre de la criatura. Y, puesto que era el padre por su propia decisión, automáticamente obligó a que se le reconociera también como esposo de la madre, Cesonia.
 Momentáneamente metamorfoseado en ilusionado padre de familia, condujo a su esposa e hija a todos los templos de Roma, presentando a la pequeña a la diosa Minerva para que le insuflara saber y discreción. Sin embargo Cesonia ya había parido tres hijos de su matrimonio anterior con un funcionario de palacio, además era una mujer con la juventud ya perdida y no excesivamente hermosa. Por lo que se rumoreaba que aquella locura de Calígula por ella se debía a que Cesonia le había dado algún brebaje afrodisíaco, como por ejemplo, uno muy conocido extraído del sexo de las yeguas. Perdido el norte, Calígula empezó a practicar toda una serie de conductas absurdas y crueles como, por ejemplo, entre las primeras, el nombrar cónsul a su caballo favorito, Incitatus (Impetuoso), al que puso un pesebre de marfil y dotó de abundante servidumbre a su disposición. Y, entre las segundas, su deseo, expresado a gritos, de qUe «el pueblo sólo tuviera una cabeza para cortársela de un solo tajo», producto de una rabieta imperial al oponerse el público del circo a la muerte de un gladiador contra lo decidido por Calígula. También se distraía llevando sus cuentas personalmente, unas cuentas consistentes en redactar la lista de los prisioneros que, cada diez días, debían ser ejecutados.

Otra contabilidad llevada personalmente fue la de su propio gran prostíbulo, que había hecho construir dentro del recinto de su palacio y que resultó un negocio redondo. En otro orden de cosas, y para producir aún más terror, todas estas distracciones las vivía disfrazándose y maquillándose de forma que sus actos, de por sí ya terribles, contaran con el añadido de lo siniestro, de manera que sus caprichos resultaran implacables haciendo temblar a sus víctimas aún más. Las ejecuciones eran tan numerosas que, a veces, no había una razón medianamente comprensiva para tan definitivo castigo, como en el caso del poeta Aletto, que fue quemado vivo porque el Emperador creyó toparse con cierta falta retórica en unos versos compuestos, precisamente, a la mayor gloria de Calígula, por el desgraciado vate. La crueldad de Calígula podría resumirse en una frase que se trataba, en realidad, de una orden dada a sus matarifes respecto a cómo tenían que acabar con sus víctimas. Era ésta: «Heridlos de tal forma que se den cuenta de que mueren». La lista de sus desafueros sería interminable. A modo de muestreo, podemos decir que el Emperador, imbuido muy pronto de su carácter divino, hizo traer de Grecia algunas estatuas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, escultura a la que ordenó arrancar la cabeza y sustituirla por una suya, y desde ese momento rebautizada como Júpiter Lacial (él mismo, transformado en el dios de dioses del Lacio).
 
El siguiente paso será la elevación de un templo en honor de ese nuevo dios y la presencia en el mismo de otra escultura, ésta de oro, y que cada día era vestida como el propio Calígula, en una especie de simbiosis y travestismo entre aquel artista llamado Pigmalión y su modelo, y que evidenciara de manera inequívoca, la naturaleza celestial del Emperador. También, y sin duda todavía en las alturas de su particular Olimpo, invitaba a la Luna (Selene) en su plenilunio, a que se acostara con él. Ya en terrenos más próximos a lo cotidiano, y en su afán por complicarle la vida a sus súbditos, se divertía, por ejemplo, regalando localidades a la plebe que, en principio, estaban destinadas a la aristocracia. Lo divertido para Calígula venía cuando, estos últimos, al encontrar ocupadas sus localidades, iniciaban un altercado con la chusma, espectáculo este mucho más divertido para Calígula que las propias representaciones teatrales. Calígula había sido un emperador que siempre había sorprendido y puesto a prueba a la gente. Como se quejara amargamente de que su reinado transcurría sin grandes cataclismos y, por tanto —según él—, su nombre y su tiempo apenas serían recordados por los historiadores, intentó suplir esta falta de terremotos, inundaciones, pestes o guerras auténticas, con la puesta en escena de batallas de ficción. Así, en una de sus incursiones por Germania y ante la nula presencia real de escaramuzas, decidió que parte de sus legiones pasaran al otro lado del río Rhin, desde donde se encontraban, e hiciesen como si pertenecieran a un ejército bárbaro. Una vez en la otra ribera, Calígula cayó sobre el enemigo con sus soldados, a los que venció sin paliativos.
 
Escribió, entonces, a Roma anunciando su triunfo al tiempo que se quejaba de que, mientras él exponía su preciosa existencia luchando, en la metrópoli el pueblo y los senadores se divertían en inacabable holganza. También humilló a sus legiones en las Galias obligando a los soldados a recoger, en el transcurso de jornadas agotadoras, toda clase de moluscos y otras especies de productos marinos. Tras agotar el tesoro imperial en su favor y mandar asesinar (como ya queda dicha) a destacados miembros de la aristocracia para quitarles el dinero, acabó siendo asesinado en una estancia de su palacio por el jefe de los pretorianos, Casio Quereas, en el pasillo que comunicaba aquél con el circo, al que volvía el Emperador tras un descanso en uno de los espectáculos de los Juegos Palatinos. Se vengaba así, de camino, Quereas del trato vejatorio que siempre le infligió el Emperador, tratándole de afeminado e impotente.


Ahora había llegado su hora, y ya pudo empezar a alegrarse con la primera herida producida en el cuerpo de un Calígula medroso (un hachazo en el imperial cuello), que, sin embargo, no lo mató inmediatamente, aunque sí provocara en el sádico personaje gritos de dolor y desesperación. Inmediatamente acudieron el resto de los conjurados (hasta treinta de ellos con sus espadas desenvainadas) quienes, tras una estocada en el pecho propiciada por Cornelio Sabino, se ensañaron en la faena de acabar, definitivamente, con la vida del Emperador, su esposa Cesonia e, incluso, con la de la hija de ambos, una niña que fue estrellada sin piedad contra un muro. Se ponía fin, con la misma violencia sufrida, al sangriento y violento reinado de un loco que había torturado a su pueblo durante tres años y diez meses de pesadilla.

Crudelísimo incluso después de su muerte, se encontraron abundantes listas de nombres destinados a ser ejecutados. Incluso, junto a estas, fueron hallados gran cantidad de venenos destinados a cumplir de ejecutores de aquéllos, tan abundantes que, al ser arrojados al mar, envenenaron las aguas marinas, que devolvieron a las playas miles de peces muertos. Calígula (que contaba 29 años al morir) fue borrado por el Senado de la lista de los emperadores de Roma. Había sido un hombre tan malvado y despiadado con los demás como cobarde él mismo. Por ejemplo, en vida sentía un terror patológico por las tormentas, que le arrastraba debajo de las camas cuando empezaban los relámpagos.

Murió, como ya se ha dicho, muy joven, y nadie sabría nunca lo que hubiera podido ser su reinado de vivir más años. Como en el caso de tantos personajes polémicos o indeseables,


Tiberio Julio César

Este nombre es adoptado por este emperador antes de que ejerza el poder como tal. A su vez, su nombre es reconocido por haber ejercido el poder en la época en que Jesús de Nazareth fue ejecutado en la cruz.
Además, la popularidad de su nombre deviene de su morbosa conducta sobre todo cuando se retira a la isla de Capri, que el historiador Suetonio supo describir, destacando su vida licenciosa. Tiberio, antes que emperador fue un excelente militar, luchó y ganó territorios para el Principado de Augusto I y luego para el Imperio. Se caracteriza por ser el primer Emperador de principio a fin, a diferencia de su padrino Octavio Augusto, que había empezado su mandato bajo el Principado –un régimen-puente entre la República Romana y el Imperio.
 

Nacido en Fondi (Palatino), Tiberio fue el segundo mandatario que usó el título de emperador de Roma tras Octavio Augusto. Se supone que con Tiberio se inicia la serie de los emperadores monstruos, cuyos extravíos, en panicular los de Tiberio, serían conocidos y, de alguna manera, aceptados e imitados por el propio pueblo.
 
Julio César era hijo de Tiberio Nerón y de Livia Drusila, después mujer de Octavio Augusto, siendo adoptado por éste, al que sucedió en el trono imperial ya en plena madurez – a la edad de 55 años– en el año 14, con el nombre de Tiberio Julio César. Cuando nació el astrólogo Escribonio predijo que “aquel niño tenía al destino de su parte” y que llegaría a ser todopoderoso en la gobernación de Roma. Fue adoptado por el senador M. Galio, quedando huérfano de padre a los 9 años. A diferencia de los astros, según los cuales el destino le reservaba un porvenir espléndido y triunfal, su profesor de retórica Teodoro de Gadara, vio en su pupilo algo muy distinto: su alumno era «lodo amasado con sangre».

Dueño de una robusta juventud y una belleza serena, Tiberio gozaba de una excelente forma física, que le hacía despreciar a los médicos y sus consejos. Era vegetariano, costumbre que no consideraba incompatible con la afición de excelente bebedor, que llegaría a límites extraordinarios a partir de su autoexilio en la isla de Capri.
 
Como anteriormente se expresó, Tiberio fue adoptado por Octavio Augusto y nombrado heredero junto a Marco Agripa Póstumo. Ambos se destacaban por ser buenos guerreros, habían luchado juntos logrando la victoria sobre los panonios. Sin embargo, en un tiempo posterior, Tiberio deportó y mandó asesinar a Marco, quedando como único sucesor del primer emperador de Roma.

Tiberio se había casado en primeras nupcias con Vipsania Agripina, con quien tuvo a su hijo Druso. No obstante, Octavio le fuerza al abandono de aquella primera esposa y le obliga a casarse con su propia hija, Julia. Sin embargo, este matrimonio no duraría ya que Julia solía llevar una vida disoluta y libertina. En este sentido, de acuerdo con Octavio, el esposo ultrajado agravará el destierro que le había impuesto el Emperador, prohibiéndole salir de su casa —castigo particularmente muy cruel para el temperamento de Julia— y mantener bajo ningún concepto relaciones sexuales (su último amante que no tenía empacho en exhibir en público fue Sempronio Graco). Además, y aprovechando la oportunidad de la ausencia de la hija de Octavio, Tiberio acabó apropiándose del dinero y de las rentas de su segunda esposa a la que posteriormente también ordenará matar junto a su amante. Tiberio había iniciado su carrera militar a las órdenes del que sería su suegro y protector, Octavio Augusto, combatiendo a los rebeldes cántabros en España, y a los armenios en el otro extremo del Mediterráneo. En este tiempo de servicio a Octavio, gobernó la Galia y guerreó en Germania.
 
Tras estas campañas militares, en las que se desarrolló como excelente estratega, regresó a Roma. Una vez allí, fue recibido multitudinariamente enarbolando las insignias del triunfo –nueva clase de trofeo inexistentes antes de él–. Dejando de lado el ambiente exitista que lo rodeaba, el general victorioso decide abandonar la ciudad dirigiéndose, primero a Ostia y después a Rodas, llevando allí una existencia modesta y tranquila durante siete años. Durante su autoexilio, recibe la noticia de que su suegro lo había divorciado en su nombre de su hija, legalizando así la separación de hecho que ya existía entre los esposos. Luego de este hecho, será nombrado Tribuno por un lustro y, a su regreso a Roma, coronado de laurel, podrá tomar asiento junto al Emperador. Cuando Octavio Augusto muera, Tiberio estará junto a él. A su vez, decide retardar el anuncio al resto de la gente, para así poder resolver una cuestión que lo preocupaba: desembarazarse de Agripa, su coheredero según el deseo del Emperador fallecido. Una vez cometido el crimen, entonces sí, Tiberio asumirá que es el nuevo amo de Roma.
 
Sin embargo, más allá del crimen cometido para poder acceder al poder, Tiberio fingió no desear esa posición, hasta el punto de sentirse verdaderamente presionado para que tomara el mando del Imperio, al cual accedió casi de “mala gana”. Una vez en el poder, prosiguió su etapa de abulia personal combinada con medidas de gobierno tendientes a sanear la vida romana y, al mismo tiempo, “hacer feliz a su pueblo”. En este sentido, se caracteriza por realizar medidas paradigmáticas como, por ejemplo, la que prohíbe terminantemente que se levanten templos en su honor, o que se cincelen estatuas con su figura, o que se reproduzca su rostro en retratos, entre otras en esta dirección. Tiberio evitó que se le coloque junto a los dioses como parte del panteón de las divinidades. Se estima que admitía las críticas, ello se evidencia en sus propias palabras: «En un Estado libre, la palabra y el pensamiento debían ser libres».

El gobierno de Tiberio también se caracterizó por la prohibición de las religiones (incluso la de Isis y la de los judíos), por la persecución de los astrólogos. Así, aunque al principio se mostró hábil y prudente muy pronto la desconfianza constante produjo una crueldad manifiesta. Sin embargo, hay historiadores que rescatan la figura de Tiberio como el más inteligente de los emperadores, gran trabajador y buen administrador, sin olvidarse de su buena disposición como guerrero. Sumado a ello, desde el primer momento, se entregó a la consecución de todo aquello que excitara y aumentara sus placeres –sobre todo los relacionados con el sexo– sin diferenciar el género de estos. Hasta tal punto de crear el cargo de “Intendente de los placeres”, cuya tarea era proporcionarle constantemente “carne joven y dispuesta” que satisficiera su gula sadopatológica. Se estima que esta patología se extendía a su crueldad incluso para con personas de su familia. Así, dejó morir a su propia madre y, una vez muerta, prohibió absolutamente que fuese recordada con cariño. Más tarde, y perdido ya el norte, impidió a los familiares de los que mandaba a matar que exteriorizaran su dolor llevando luto, al mismo tiempo, premiaba espléndidamente a toda clase de delatores, sin comprobar la veracidad de las delaciones.
 
A los fines de asegurar su posición de poder, persiguió con ensañamiento a los políticos más importantes que le rodeaban, apoderándose sistemáticamente –tras la defenestración de los mismos– de sus posesiones y riquezas. Estas prácticas persecutorias se basaban en la Lex Majestatis (Ley de Majestad), promulgadas durante su mandato. Esta ley le otorgaba plenos poderes y le permitía acabar con la vida y los bienes de cualquiera.

Alrededor de estas medidas y acciones de gobierno, se destaca la figura influyente del prefecto Sempronio (muy cercano a Tiberio). De esta manera, las continuas delaciones del prefecto provocaban, indefectiblemente, la más dura represión del Emperador, que no sólo conseguía ejecutar y eliminar a cientos de personas acusadas de lesa majestad, sino que, sólo con el terror que se respiraba en el ambiente, provocó gran número de suicidios entre sus enemigos. Por ejemplo, ordenó la muerte de la madre de Fusio Gemino (al que acababa de matar) porque aquella lloró desconsoladamente el trágico fin de su hijo. Mató también al hijo adoptivo de Agripina, Germánico, muy querido por los romanos, haciendo que la gente le gritara con desesperación y rabia: «Devuélvenos a Germánico!». Incluso llegó a azotar de forma humillante a la misma Agripina (convertida en su nueva esposa) quien perdió uno de sus ojos luego de una terrible paliza. Como si esto fuera poco, la encerrará y la irá matando de hambre poco a poco. Como Agripina tardaba en morir, impaciente mandó a que la estrangulasen.
 
Su violencia no conocía límites: ordenó la muerte de su ministro cómplice (además de “brazo ejecutor”) Sejano. La medida se extendió a toda su familia, incluida una niña de once años, a quien ordenó violar antes de su ejecución, ya que las leyes prohibían condenar a muerte a las vírgenes.

A su vez, también condenó a la hija de un senador, Marco Sexto, por negarse a tener relaciones sexuales. Malonia, que así se llamaba, anunció su suicidio antes que yacer con «ese viejo sucio y repugnante». Tiberio, jugándoselo todo para conseguir aquella virgen, acusó a la hija y al padre de incesto, condenando a ambos según las leyes. Una vez con el camino más despejado, Tiberio quiso abusar de su prisionera quien, ante el ataque del César, se resistió violentamente, cediendo tan sólo a un cunilinguo de Tiberio. Fue después de esta humillación cuando Malonia anunció su suicidio antes que yacer con «ese viejo sucio y repugnante». Así, regresó a su casa y se atravesó el corazón con un puñal, no sin antes maldecir al viejo emperador.
 
Exiliado en la isla de Capri, se entregará libremente a cumplir con todos sus deseos, dejando atrás cualquier atadura, dando rienda suelta a todos sus vicios hasta entonces más o menos controlados y ocultos. Así se desarrollaría su estancia en tan paradisíaco lugar hasta el último momento de su existencia, instalando una escandalosa corte en la que tenían lugar desenfrenadas orgías durante las que los protagonistas —y las víctimas también— eran niños y adolescentes con los que el selecto emperador practicaba y ensayaba todas las sevicias de las que su imaginación era capaz.

También disfrutaba con jóvenes y adultos de ambos sexos, con los que se solazaba asistiendo a un espectáculo llamado spintries, que consistía en una unión sexual de tres (muchachas y jóvenes libertinos, revueltos), que tenían que actuar hasta que el tirano se desahogaba. Para excitarse él y los que actuaban para él, tenía una apropiada biblioteca con obras de una célebre poetisa llamada Elefántide de Mileto, y de otros autores como Hermógenes de Tarsia o Filene, todas ellas hijas de un mismo motivo y un estilo especialmente dirigido a la excitación de los sentidos. Conjuntamente con los textos sicalípticos poseía cuadros de la misma temática, que acompañaran a sus escenas orgiásticas. A precio de oro compró una obra –entonces célebre pintura– de un artista llamado Parrasio que representaba con todo detalle una felación de Atalanta a Meleagro. Tiberio la colocó en la parte más excitante de su alcoba, de manera que siempre la tuviera a la vista en sus encuentros íntimos. Todo ello redundaba en una inacabable y continua prueba de nuevas hazañas sexuales que ocuparán las veinticuatro horas del día del Emperador, que, si bien prefería a niños y mancebos, también llamaba a mujeres a su lado, como la referida Malonia.

En la bellísima isla, Tiberio era el dueño y señor de una docena de villas y palacios donde organizaba aquellas bacanales de sexo y sangre. En la hermosa Gruta Azul, por ejemplo, se bañaba desnudo junto a pequeñuelos a los que llamaba «mis pececitos». Si bien la mayoría de estas pequeñas víctimas les eran compradas a padres miserables, también provenían de algunos patricios y de ciertas familias nobles a las que, como compensación, el emperador hacía espléndidos regalos.
 
Sin embargo, los habitantes de la ciudad conocieron al poco tiempo la características de la vida licenciosa de Tiberio, y de sus practicas sexuales. Muy pronto, comenzaron a aparecer por la ciudad pasquines ofensivos para el déspota y hasta los senadores no se privaban de insultarlo en público.

Pronto encontraría su muerte, en el año 37, cuando se encontraba en la casa de un amigo llamado Lúculo, moriría estrangulado por Macrón –capitán de los pretorianos– a la edad de 78 años. Había sido emperador de los romanos durante 23 años. Sin embargo, las causas de su muerte son diversas: la primera, el posible estrangulamiento con su propia almohada, la segunda, el posible envenenamiento por Cayo (conocido luego como el emperador Calígula), la tercera, posible muerte por inanición (habrían provocado que se muera por falta de alimentos). Sea como fuere, con el cuerpo aún caliente, en las calles la gente ya pedía a gritos «iTiberio al Tíber!», desahogando así su odio para con un emperador maldito.
 
Más allá de las certezas o las puras especulaciones, tratar de examinar las razones de la supuesta maldad de los poderosos, resulta una tarea inútil y engorrosa. La mayoría de las veces, ocurre tras la muerte de los emperadores. En el caso de Tiberio no fue diferente, y tras su muerte, los juicios de sus contemporáneos y la de los que le juzgaron en los siglos futuros, dieron ocasión para satisfacer todas las opiniones. En este sentido, parece que –como gratuita justificación de los excesos de este segundo emperador romano– se afirmó que Tiberio estaba convencido de su indefectible unión con el poder, lo que le permitía dejarse llevar por la senda más agradable para él, aunque al mismo tiempo, fuese la más insufrible para los demás.


A su vez, murió rodeado de riquezas que, un tanto avaro, había atesorado durante su reinado. Había exigido también a los demás que fuesen buenos administradores, siendo premiados aquellos que lograban exprimir mejor al pueblo con descomunales impuestos. Sin embargo, a veces se conducía con cierta ambigüedad, precisamente, como algunos se extralimitaran en exprimir a los ciudadanos, les amonestó con la sabia frase de que «a las ovejas se las puede esquilar pero no despellejar».

En contra de lo habitual, el anciano de 78 años que murió en Capri (sus enemigos le llamaron el Caprineo, palabra que significaba natural o habitante de Capri, pero también cabrón), era la estampa contraria a la bondad que, en general, el paso de los años refleja en los rostros de los que se van.
CARACALLA
 
Después de la muerte de Cómodo, el imperio pasó por el gobierno fuerte e idóneo de Septimio Severo, que duró veinte años. Sin embargo, al morir éste en el año 211, hubo un período de anarquía en el que los generales se disputaron la diadema imperial, marcado por el gobierno de dos emperadores que parecían tener algún tipo de desequilibrio: Caracalla y Heliogábalo.

Inicialmente Septimio Severo dejó el trono á sus dos hijos, Caracalla y Geta; de carácter amable y humanitario este último, y cruel y sanguinario el primero, la armonía en el mando era imposible entre ellos; y después de intentar la divisen del imperio, Caracalla hizo asesinar á su hermano en los brazos de su madre, y mandó quitar la vida al célebre jurisconsultoPapiniano, por haberse negado a hacer elogio del fratricidio.

Caracalla, comenzada así la carrera de sus crímenes, se entregó ala corrupción mas desenfrenada, y lamas inaudita crueldad, sacrificando á miles de personas, ya para complacerse en sus sufrimientos, ya para apoderarse de sus riquezas. Tuvo que comprar la paz á los bárbaros del Danubio , queriendo imitar á Aquiles y á Alejandro, visitó las ruinas de Troya y ordenó en Alejandría de Egipto una matanza general. Cásase con la hija del rey de los Partos, pero los excesos de sus soldados provocan una guerra; antes de comenzar las hostilidades, muere Caracalla en Carras, asesinado; de orden de Macrino, prefecto del pretorio.

Un hecho importante registra la historia de Caracalla. Fue este la publicación de la Constitución Antonina, por la cual se concedió el derecho de ciudad á todos los subditos del Imperio, de condición libre; !a ciudadanía tan disputada por los plebeyos y después por los italianos, se extiende ahora á todas partes,, unificando á todos los pueblos bajo el punto de vista; del derecho. Tal vez se propusiera Caracalla con esta medida aumentar los impuestos, desde una vigésima, á una décima en las herencias y legados; pero el resultado es que contribuyó en gran manera a la unificación de todos los pueblos bajo Roma.

 Caracalla, hijo de Septimio Severo, se había ganado el apodo por haber introducido en Roma la túnica llamada caracallct, de origen celta o germano. Ocupó el trono imperial junto con su hermano Geta, pero los dos se odiaban, y Caracalla decidió eliminarlo.

Con la supuesta excusa de querer reconciliarse, lo invitó a reunirse con él en los aposentos de su madre, donde lo asesinó. Luego justificó su traición diciendo que se había anticipado a un ataque de Geta, y mandó eliminar a los seguidores de su hermano, ganándose el favor de los militares por medio de generosas donaciones que vaciaron las arcas del imperio.

Su breve mandato estuvo signado por las calamidades, debido a que era tan despótico y casi tan desquiciado como su antecesor. Obsesionado por su deseo de gloria militar, se veía como la reencarnación de Alejandro Magno, a quien imitaba poniéndose ropas típicas de Macedonia. Además, reclutó soldados macedonios con los que creó una falange especial cuyos comandantes debieron adoptar el nombre de los generales de Alejandro. Y cuando Caracalla pasó por Troya, visitó la tumba de Aquiles.

Debido a la ansiedad y la sospecha, a las tortuosas pesadillas vinculadas con el fratricidio que había perpetrado y el temor a que lo asesinaran, el emperador solía consultar a videntes y adivinos, y se deshacía de todos los que, según él, lo criticaban, tuviera pruebas de ello o no. Ordenó una masacre brutal de jóvenes en Alejandría, porque estaba convencido de que la ciudad no lo honraba lo suficiente y se burlaba de él.

Su mal carácter y sus caprichos quizá se intensificaron porque siempre estaba enfermo. Aunque no se sabe con certeza cuál era la enfermedad que sufría, se comenta que, en busca de una cura, visitó el santuario de una divinidad celta, Apolo Grannus, en Baden-Baden, que en esa época se conocía como Aurelia Aquensis, y el templo dedicado a Esculapio en Pérgamo. En la primavera del año 217, el emperador fue asesinado por instigación de Macrino, el prefecto de la Guardia Pretoriana.
Cómodo Emperador de Roma Emperadores Romanos Familia Julio Claudios Durante el gobierno de Marco Aurelio, último de los cinco buenos emperadores, un número de catástrofes naturales golpearon a Roma. Inundaciones del Tíber, hambruna, y la plaga traída del oriente por ú ejército provocaron una disminución considerable de la población y una escasez de hombres en la milicia. Para muchos romanos, estos desastres naturales parecían augurar un futuro ominoso para Roma.

Pronto surgieron nuevas dificultades con la muerte de Marco Aurelio. A diferencia de los primeros cuatro buenos emperadores, quienes eligieron sucesores capaces adoptando a hombres competentes como sus propios hijos, Marco Aurelio permitió a su .hijo Cómodo (180-192) llegar a emperador. Hombre cruel, Cómodo resultó una pésima elección, y su asesinato trajo un breve rebrote de la guerra civil, hasta que Septimio Severo (193-211)


Cómodo
Cómodo conjuntamente con Nerón y Calígula ocupará un puesto de honor dentro de la historia del Imperio Romano. Sin embargo, este lugar destacado que obtienen dentro de la historia universal, muchas veces se considera como injusto –por los altibajos y extremismos en los juicios
sobre todos ellos–.
 
La historia de Cómodo demuestra que la herencia de su padre no determinaría su conducta ni su gobierno. Marco Aurelio, su padre, era un extraordinario emperador y padre mientras que Cómodo, un pequeño monstruo en crecimiento. A su vez, será uno de los últimos emperadores de la dinastía de los Antoninos (por Antonino Pío, sucesor de Adriano), y gobernante pacifista (Pax Romana).
 
Nacido en Lanuvium, compartió el trono de Roma con su padre, Marco Aurelio –el Emperador filósofo–. En el año 180, inmediatamente después de la muerte de su padre, fue proclamado emperador. También, junto a Marco Aurelio había sido corregente, tras recibir el título de Augusto. Una de las primeras medidas que adoptó una vez en el poder, fue el principio dinástico –sucesión de padres a hijos–, abandonando el principio de adopción vigente hasta ese momento (mediante el cual los emperadores adoptaban a sus sucesores sin tener en cuenta la filiación).
 
Además, el nuevo emperador se hizo adorar como la encarnación de Hércules y Mitra –lo que se denominó locura cesárea–, convencido de ser representación de aquellos personajes mitológicos, incluso adoptó el divinizado titulo de Hércules Romanus. Sin embargo, el pueblo –más crítico y desconfiado– refiriéndose a temas mucho más terrenales, señalaba al Emperador como el fruto deleznable de los amores de la emperatriz Faustina y un gladiador.

Una de las hipótesis que se establecen es el posible asesinato de Marco Aurelio por parte de Cómodo, aunque no existen pruebas contundentes de este hecho. Por el contrario, un acto comprobado era la violación de sus hermanas, que no pudo concretar en el caso de su madre. Sin embargo, pronto encontró la manera de acercarse a esa posibilidad, rebautizando a una de sus concubinas –que tenía cierto parecido con su madre– con el nombre de su progenitora, de manera que cada vez que la poseía, se hacía la idea de que estaba con su madre. Sí se sabe fehacientemente, por el contrario, que mató directamente a su hermana Sucilla y a una de sus esposas, Cripisca.
 
Cómodo era un hombre sin complejos disfrutaba luchar con los gladiadores sin tener el final destinado a estos guerreros. En este sentido, el emperador siempre salía victorioso porque obligaba a sus contrincantes a emplear espadas de madera mientras que él bajaba a la arena pertrechado de todo el arsenal de espadas de verdad, mazos rotundos y demás armas de muerte, acabando con gran parte de ellos. Más de 700 veces bajó el Emperador a la arena a ejercitarse en estas luchas, aunque en otras ocasiones su crueldad llegaba aún más lejos y superaba todo lo conocido. Al respecto, en una de sus encarnaciones de Hércules, abusando de una gran preparación física –extraordinaria ya que mataba animales salvajes y torturaba esclavos– y blandiendo la famosa maza del héroe griego, aporreó hasta la muerte a cientos de lisiados que se arrastraban por las calles de Roma (adelantándose a futuras limpiezas étnicas) de forma cruel y despiadada. Incluso, solía ofrecer diariamente sacrificios en ofrenda a la diosa Isis, de la que era un adorador ferviente.

Dejando de lado sus excentricidades y maldades, con respecto a las cuestiones del gobierno del Imperio, Cómodo dispuso la venalidad de los cargos públicos –que se condecía con su avaricia extrema que lo llevaba a arrancar hasta el último céntimo de los bolsillos de sus gobernados–. Esta orden se enfrentaría rápidamente con el Senado, que desde un principio la objetó. Desde este momento, el nuevo emperador se granjearía a gran parte del poder del Imperio y de amplias capas de la población y del Ejército. No obstante, este poder procedía del terror que emanaban sus decisiones caprichosas e inesperadas, incluso, en los momentos de su máximo poder, un Senado sumiso llegó a declararlo como «el más noble y más glorioso de los príncipes». Cabria agregar que su vida estuvo marcada por el escándalo y la perversión que exteriorizaba públicamente en sus orgías, durante las cuales gozaba utilizando constantemente un vocabulario soez de manera torrencial, con el ánimo de que desagradara a los que tenía cerca.
 
Dotado de una personalidad ególatra y enfermiza, Cómodo estaba convencido que la posteridad agradecería poder conocer su paso por el poder y por la Historia, sirviendo de ejemplo para las generaciones futuras (quienes desearían imitarlo absolutamente en todos y cada uno de sus actos). Es por eso que ordenó, desde los inicios de su gobierno, que dataran absolutamente todos sus actos por escrito, resaltando sus propios hechos (incluidos los non sanctos). Estos actos serian volcados en las Actas de Roma (una especie de gaceta oficial), sin censurar ninguno de los actos innobles, de los que se autoproclamaba único protagonista.

En cierto sentido, no se ocupaba de todos los actos de gobierno, delegando la toma de deceisiones (referidos a los negocios del Imperio entre otros) a Perennis, quien era el verdadero gobernante. De esta forma, Perennis asumiendo todos los deberes y obligaciones del Imperio, dejaba libre a Cómodo para dedicarse a los placeres y a las maldades –generalmente unidos en este emperador–. Es necesario destacar que estos pasatiempos imperiales salían muy caros a Roma, pues Cómodo dilapidaba los tesoros del Imperio sin limites. A su vez, sus rarezas y excentricidades parecían no tener fin tampoco: sentía una extraña debilidad por las personas con nombres que recordaran a los animales. Así, un tal Onon (asno) fue colmado de riquezas y nombrado Gran Sacerdote de Hércules, haciendo honor no sólo al cuadrúpedo original sino también a la Naturaleza ( que le había regalado un miembro viril que recordaba al de un asno de verdad). Este detalle le hizo ser muy apreciado por el Emperador. Otras excentricidades eran las distracciones “escatológicas” que practicaba, como la de sorprender a sus invitados con la mezcla de sabrosísimos manjares y algo menos apetecibles excrementos y hasta sangre menstrual, que los asistentes estaban obligados a deglutir sin exteriorizar demasiado el asco correspondiente.
 
Las esperanzas depositadas en este príncipe rubio y de una apolínea presencia pronto se derrumbaron, hasta convertirse en un sentimiento de verdadero peligro para la continuidad del Imperio, animando a sus enemigos a decidirse a “cortar por lo sano”. El emperador se había recluido en el Palatino acompañado de 300 prostitutas y algunos pederastas, de manera que sus orgías no tuviesen fin en sus dominios domésticos. Se dice que él mismo se imponía el trabajo inmenso de poseer a todos ellos, posesiones sólo interrumpidas por el hastío y el derrumbe físico del Emperador.


Progresivamente el fin de Cómodo y su reinado se iban configurando. Para derrocar a Cómodo se unieron Marcia (concubina del emperador, que funciono como directora del complot), Leto (prefecto) y Ecleto (el chambelán). De esta manera, Marcia, intentó matar a Cómodo suministrándole un veneno que no resultó suficiente para provocarle la muerte, lo que la llevó a solicitar la ayuda del resto de los conspiradores.

En este sentido, y con el fin de humillarlo aún más en su ultima hora, utilizó a Narciso, un esclavo –amante de Marcia– que demostraba una infidelidad humillante para el pretendido Hércules redivivo. Narciso y el resto de los conjurados, acabaron con la vida de Cómodo mediante el estrangulamiento y posterior asfixia (utilizando para ello el propio colchón del emperador, al que aplastaron hasta que exhaló). Dentro de sus ejecutores directos estaban el citado Narciso y uno de aquellos amados gladiadores que Cómodo siempre mimó, aunque fuese para posteriormente despedazarlos en el circo.
 
El mismo Senado que le aplaudió en sus desafueros, lo describiría posteriormente como «más cruel que Domiciano y más impuro que Nerón». Sus restos serían enterrados en el spolarium, la fosa común a donde iban a parar los cuerpos destrozados de los gladiadores muertos en el circo.

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