lunes, 11 de marzo de 2013

Ulrich von Hutten



Ulrich Von Hutten nació en Burg Steckelberg, cerca de Schlüchtern, Hesse, el 21 de Abril de 1488. La familia de Ulrich de Hutten pertenecía a la nobleza del imperio.
 nació en el castillo de Stecfcelberg, en el antiguo ducado de Franconia; sus padres, empeñados en verlo hecho sacerdote, lo recluyeron en un claustro a la edad de once años, pero seis años después, el joven Ulrico logró fugarse, atrayéndose con ello la maldición paterna. Aquél fue el comienzo de una larga serie de pe regrinaciones; ávido de estudiar, fue de una ciudad universitaria a otra, de Colonia a Erfurt, de Leipzig a Greifswald y a Rostock; sólo sabemos de este período que Hutten vivió en suma pobreza y que jamás consiguió aprobar un examen.
Luego apareció en Viena, capital donde la vida pública se con­centraba en torno a la atractiva personalidad del emperador Maximi liano. Allí tomó contacto con un nuevo aspecto del humanismo: la corriente histórico-política. De esta época data un poema suyo de elocuente título —Por qué los alemanes no han degenerado toda vía—, donde sostiene el derecho de los alemanes a un grandioso porvenir político, en virtud de sus cualidades morales. Los italianos, afirma, debieran someterse al poderío alemán y los franceses harían bien en saber que una encarnizada resistencia los espera si tratan de llegar hasta el “río alemán”, el Rin.

Después, las peripecias se sucedieron rápidamente en la vida de Ulrico. En la primavera de 1512 apareció en Italia tan pobre y desprovisto de recursos, que hubo de alistarse como soldado en Bo lonia. Poco después de regresar de Italia terminó su poema Nemo (Nadie), obra pesimista, en la que describe a Alemania gimiendo bajo la férula de los teólogos y los juristas, mientras que a los humanistas, “la guardia noble de la luz”, no se les permite decir absolutamente nada.

Pero la luz iba abriéndose paso y el movimiento humanista, con Reuchlin al frente, se preparaba para la lucha. Entonces Hutten se dejó invadir de aquel gozoso optimismo que había de convertirse, se gún opinión generalmente admitida, en el rasgo más típico de su ca rácter, estado de ánimo expresado en su célebre frase: “Los espíritus despiertan y la vida se convierte en un placer”. Entusiasmado, Hutten se lanzó a la controversia que se agitaba en torno a Reuchlin, movido por el ardiente deseo de participar en aquella gran contienda política y religiosa.

Encajaba perfectamente con su carácter el gesto de publicar un manuscrito del emperador Enrique IV, que encontró por verdadera casualidad en marzo de 1520. El humanista pretendía revivir el re cuerdo de la gigantesca lucha que el citado emperador había mante nido con el Papa. Ulrico de Hutten soñaba con realizar grandes cosas, entre ellas convertir de nuevo el imperio germánico en la mayor potencia del mundo. Las cualidades fundamentales del pueblo alemán —pureza de costumbres y fuerza viril, ya cantadas por Tácito— recuperarían entonces su gloria antigua. Para Hutten, los escritos de Tácito constituyeron una verdadera revelación; Arminio, el intrépido jefe de los germanos, fue en lo sucesivo su ideal.

Hutten adhirió al bando protestante a través del humanismo. Se ha escrito mucho acerca de sus relaciones con Martin Lulero. Hoy se tiende a creer que Hutten jamás fue luterano en la verdadera acepción de la palabra, como tampoco su amigo Wilibaldo Pirckheimer ni Alberto Durero ni Juan Reuchlin. A Hutten lo sedujo la enérgica personalidad de Lutero, su lucha contra Roma y sus tendencias revolucionarias; en cambio, la teología luterana y la doctrina de la gracia, núcleo del programa protéstame, no le interesaban. Hutten admiraba la manera como “Lutero lograba arrebatar al pueblo; veía en él un factor de poder, un aliado precioso; si se situó junto a él, fue única mente porque consideraba a Lutero como el hombre que mejor podría realizar el ideal cultural y nacionalista del humanismo alemán. Era éste muy débil fundamento para una colaboración con Lutero, quien se interesaba escasamente por el cumplimiento del programa humanista, de modo que la ruptura no se hizo esperar.

Al estallar el inevitable conflicto entre Lutero y Hutten, parece que Lutero calificó al humanista de “hombre orgulloso, brutal e insensato” y le aconsejó que volviera a su literatura; entonces Hutten se unió a uno de los más célebres cabecillas alemanes, Franz Von Sickingen, y participó en una de sus campañas; pero la expedición fue un fracaso y Hutten tuvo que huir. Los últimos episodios de su vida fueron dramáticos; Iras agotadoras andanzas, fue a parar a la isla de Ufenau, en el lago de Zurich, donde inspiró compasión a un sacerdote curandero, pero éste nada pudo hacer por su huésped; Hutten, ha biendo tenido que soportar fatigas excesivamente prolongadas, murió poco después de llegar a Ufenau. Zuinglio (Ulrico Zwinglio) for muló sobre él una observación escuela: “Nada de valor ha dejado, porque no tenía libros ni hogar”.

En lo que es conocido como la “Revuelta de los Caballeros”, Hutten y algunos de sus aliados atacaron las tierras del Arzobispo de Trier en 1522. de todas maneras el Arzobispo se mantuvo y finalmente en 1523 derrotó a la revuelta, destruyendo a los Caballeros y su poder político. Seguido a su derrota, Hutten intentó convencer a Erasmo de Rótterdam de alinearse con la Reforma. Sin embaro Erasmo rechazó la idea.

Durante sus últimos 15 años de vida, Hutten sufrió de Sífilis, la cual le causó la muerte en el aislamiento de la Isla de Ufenau, del Lago Zurich. Escribió en 1519 un texto llamado De Morbo Gallito (La Enfermedad Francesa), que hablaba sobre el tratamiento de la sífilis.

Murió finalmente el 29 de agosto de 1523.

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