miércoles, 25 de julio de 2012

Almanzor...el dictador de Al-andalus

                               Pocos personajes fueron tan temidos y respetados en nuestro medievo hispano. Su figura aterradora hizo temblar los cimientos de una cristiandad muy necesitada de fuerza moral. Invencible en más de cincuenta batallas, lo único que sus enemigos pudieron hacer en su contra fue crear toda suerte de leyendas e infundios que, en lugar de dañarle, engrandecieron aún más la figura de Almanzor.
Su verdadero nombre era Muhammad Ibn Abi Amir, aunque pasó a la historia por su sobrenombre, Al-Mansur, que significa “el victorioso” y que los escribanos cristianos castellanizaron como Almanzor. 
                                           
Nació en Turrus, comarca de Algeciras, en el año 939, aunque todavía hoy en día se discute sobre su origen étnico. Unos autores piensan que era almohade, mientras otros afirman que tenía origen eslavo. En todo caso, pertenecía a la dinastía amirí, un linaje de rancia tradición y escaso patrimonio.

Con veintiún años completó su educación en Córdoba, donde se instruyó en las disciplinas académicas de teología, filosofía y derecho. Era un refinado joven que fue tutelado por el prestigioso general Galib, hombre de confianza de los califas Abderrahman III y Al-Hakam II. Su matrimonio con una hija del militar le situó en círculos próximos al poder y, en poco tiempo, se ganó la confianza de Subh, esposa favorita de Al-Hakam II y madre del príncipe heredero Hisham. En esos años, Almanzor consiguió de su suegro la preparación militar necesaria para afrontar las futuras campañas guerreras de Al-Andalus.                                    
                             
La muerte de Al-Hakam II sumió en un mar de inestabilidad al estado omeya. Una facción palaciega defendió la candidatura de Al-Mughira, hermano del califa fallecido y mejor preparado para el gobierno que el joven Hisham. Sin embargo, Almanzor no consintió que este propósito se consumara y ordenó el asesinato de Al-Mughira en su calidad de tutor y administrador de los intereses del heredero. Lo que obtuvo, de facto, fue el poder real en Al-Andalus. Primero con la complicidad de su suegro Galib y, una vez eliminado éste, en 981, la autoridad en solitario.

El avance contra los cristianos
Almanzor consiguió gracias a diversas estrategias un lugar prominente en el mundo andalusí desde su flamante cargo de hayib arrebatado al antiguo aliado Al-Mushafi. Emprende a continuación una serie de crueles aceifas contra los cristianos, gracias a las cuales arrebata la fortaleza de San Esteban de Gormaz, vital para la estabilidad fronteriza por ser muro de contención para los ataques leoneses y navarros.                                       
   
Tras la mencionada desaparición del general Galib, que fallece en su residencia de Medinaceli, Almanzor se vio con las manos libres para reducir al joven califa Hisham II al más puro ostracismo, rodeado de toda clase de lujos y placeres. Hisham invierte el abundante tiempo libre en una entrega casi total al estudio del Corán y las acciones piadosas. Mientras tanto, el activo dictador forma ejércitos compuestos por beréberes, eslavos y nubios lanzándolos contra territorio cristiano.

A lo largo de su mandato organizará más de cincuenta expediciones punitivas que le proveerán de un inmenso botín. Éste hecho originará una rebaja ostensible en el cobro de impuestos interiores, con la consiguiente euforia de los andalusíes, quienes verán en Almanzor a un auténtico líder guerrero y social.   
                                               
El caudillo aprovechó esta buena estrella para intentar establecer la sucesión dinástica de su protectorado sobre los califas. Empero, el populismo que tan buenos resultados le estaba proporcionando, no sirvió para su ambición oculta de adueñarse del trono.

Almanzor intentó por todos los medios crear un ambiente adecuado que le facilitara su proclamación como califa de Al-Andalus. No obstante, Medina Azahara –la suntuosa ciudad palatina de los omeya– suponía un serio obstáculo en su camino hacia la cima. Su proyecto continuó en 987, cuando se terminaron las obras de la también llamada Madinat al-Zahira, “la ciudad resplandeciente”, desde donde el líder andalusí tomó decisiones de Estado y en donde depositó los tesoros obtenidos en sus correrías.

El palacio amirí no consigue anular el resplandor de Medina Azahara, ciudad en la que permanece, temeroso, el atribulado Hisham II. Sin embargo, los legitimistas defienden a ultranza la posición califal –son demasiados y muy poderosos–, lo que incita al dictador a plegar velas en espera de acontecimientos favorables.

                               
A pesar de su erudición, Almanzor no tuvo ningún pudor en entrar salvajemente en la exquisita biblioteca de Al-Hakam II cuando ordenó el espigamiento del catálogo documental y la quema de miles de valiosos textos. El propósito debemos atribuirlo a las ganas de satisfacer las demandas de algunos religiosos puristas del Corán, quienes veían en la fantástica biblioteca un centro divulgador del mal.

En el año 992 consiguió que su hijo Abd Al-Malik fuera nombrado su sucesor; previamente, el propio Almanzor había ejecutado a otro vástago llamado Abd Allah quien, al parecer, anduvo involucrado en una conspiración para derrocar al padre. Pero son, sin duda, sus férreas e inclementes campañas guerreras las que le dieron la vitola de gran genio militar.                                 
           
Cinco años después arrasó Santiago de Compostela, expoliándola. Fue una de sus míticas campanas catedralicias, con lo que eso suponía de menoscabo para el ánimo cristiano. Luego, entró impunemente en los reinos norteños moviéndose por ellos a su antojo. También sometió Barcelona tras una horrible aceifa de perenne recuerdo, gracias a la que obtuvo respeto y tributo de los condes catalanes.

A finales del siglo X, Almanzor se encuentra en el cénit de su poder personal. Parejo a esto se halla el punto álgido del califato omeya. Todos temen al antiguo mayordomo palatino; nadie osa contravenirle. Sus enemigos han sido diezmados y goza de excelente reputación en el imperio andalusí. Incluso obtiene el apoyo de un reconciliado Hisham II. De esa manera, llega el año 1000, fecha en la que Almanzor obtiene, en Cervera de Pisuerga, la que sería su última gran victoria militar sobre los cristianos. Curiosamente, éste suceso bélico condicionó la historia y leyenda del caudillo musulmán.

¿Existió Calatañazor?
Mucho se ha investigado sobre esta mítica batalla de nuestra reconquista. En ella, supuestamente y según el romancero popular, Almanzor perdió su tambor y, de paso, la vida. En cambio, a poco que escarbemos en esta historia nos daremos cuenta de que la propaganda cristiana trabajó muy bien en esos años para levantar una gran mentira que animara a los desconsolados reinos peninsulares.

Lo único cierto es que se utilizó la muerte de Almanzor, acontecida en Medinaceli en agosto del año 1002, para ubicar cerca de esa fecha un supuesto combate localizado en las proximidades de la soriana Calatañazor.

En efecto, según la mayoría de investigadores históricos, esta legendaria batalla nunca existió. Nos encontramos, por tanto, ante un caso como el de Clavijo, que fue otro combate creado para mayor gloria de las menguadas tropas cristianas, las cuales recibieron en esta jornada la inestimable ayuda del apóstol Santiago, quien no dudó en aparecer en mitad de la refriega para ensartar en su lanza a cientos de infieles sarracenos. En definitiva, fueron gestas inventadas por cronistas medievales para estímulo del ámbito cristiano.
   
Almanzor, tras saquear Burgos y vencer a los “infieles” en la batalla de Cervera, percibe cómo sus facultades físicas merman considerablemente; ya no es el mismo que años antes acosaba de manera infatigable a sus enemigos, aunque en los meses siguientes aún reúne fuerzas para nuevas acometidas sobre los reinos norteños. En 1002, inicia la que será su última aceifa sobre la frontera norte, asolando el monasterio de San Millán de la Cogolla y devastando su comarca. Sin embargo, la enfermedad impide otros movimientos bélicos: el gran caudillo andalusí se siente morir... Detiene la expedición regresando en camilla a su tierra, aunque no podrá alcanzar Córdoba; expiró en Medinaceli en agosto de ese mismo año. La noticia recorre todos los rincones de la Península Ibérica, hecho que para los cristianos supone una aliviadora bendición, mientras que para los andalusíes se convierte en el principio del fin de todo el sueño califal. Así, en menos de treinta años, el luminoso califato omeya quedó despedazado en más de veinte reinos de Taifa: fue el comienzo del fin..

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