lunes, 13 de mayo de 2013

El bandolerismo catalán: los trabucaires



En el siglo XVIII la pobreza era muy acusada. Había en España poco trabajo y mucha miseria. Se calcula que solo en Castilla existían más de 150.000 vagabundos y desempleados en general entre una población que entonces era tan solo de 12 millones en todo el país. Madrid y también las zonas del litoral, tradicionalmente fuente de riqueza, eran los puntos a los que acudían los desposeídos en busca de oportunidades, de modo que la pequeña industria que se había creado en Cataluña se veía impotente para absorber tanta mano de obra. 


Cataluña, pues, fue arrastrada al desastre y también hubo de padecer el desempleo. Los mossos d’escuadra detenían a los parados y los enrolaban en el ejército como un modo de aliviar el grave problema que se estaba generando. Esto, junto con la miseria, fue otra de las causas del bandolerismo: muchos hombres preferían echarse al monte antes que ser alistados a la fuerza como soldados. Hecha su elección, la necesidad los impulsaba a cometer algún pequeño delito como por ejemplo el robo de gallinas en masías alejadas de las aldeas, pero en ocasiones se terminaba en un asesinato.

Las medidas que tomaba el gobierno central eran insuficientes; la gente abandonaba los pueblos y apenas quedaban agricultores. La insuficiencia agrícola era una catástrofe que daba al traste con todo. Eran los tiempos del motín de Esquilache, a quien la gente culpaba de todas las calamidades.


Yo, el ministro primero,
Marqués de Esquilache Augusto,
Rijo la España a mi gusto
Y mando a Carlos III.


Por si la situación no estaba lo bastante mal, en 1766 se produce una pésima cosecha en toda España, especialmente en Castilla, Aragón y Andalucía. Eran tiempos de injusticia en los que los ricos robaban impunemente a los pobres. El bandolero andaluz Diego Corrientes hacía justamente lo contrario: al igual que Robin Hood, robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Dicen que él pronunció estas palabras:


“Pregonan mi cabeza porque salgo al camino y le quito al rico lo que entrego al pobre; y dejan sueltos por el mundo a más de cuatro bribones que roban sin conciencia ni exposición y hasta asesinan o hacen asesinar a fin de enriquecerse.”


Diego fue arrestado, ahorcado y descuartizado.
La miseria afecta en realidad a toda Europa en mayor o menor medida. En Francia, donde el problema era enorme, estalla la Revolución, y la primera influenciada por las ideas revolucionarias, dada la proximidad geográfica, es Cataluña. Además las materias primas dejan de llegar a las industrias textiles, y el malestar se acentúa. 


Para entonces la situación era tan penosa como refleja este informe que un capitán de mossos d’escuadra escribe a sus superiores:


“El desorden es muy grande. Las calles son lugares peligrosos para cualquiera, y es por causa, principalmente, de que las fábricas están sin algodón y con esto quedan muchos en las calles y suceden insultos a todos los instantes”.


En Barcelona los días en los que había una ejecución los maestros llevaban a sus alumnos y los padres a sus hijos. En el momento en que moría el condenado, los niños recibían un bofetón que pretendía ser aleccionador, para que no siguieran nunca aquel peligroso camino que tal parecía ser el único que se abría para ellos.


La justicia de la época distaba de ser ideal. Un ladrón podía ser castigado a pasear desnudo con el cuerpo impregnado en alquitrán y los objetos robados colgando de su cuello. Y los que robaban en una iglesia no eran considerados sacrílegos, sino herejes, por lo que eran directamente conducidos a la hoguera. Por otra parte, la situación de las cárceles ante tan elevado número de delincuentes era alarmante, y había fugas constantes.

En el siglo XVIII la palabra trabucaire designaba en Cataluña, simplemente, a un combatiente armado de trabuco. En esa época el más famoso fue Carrasclet, una especie de guerrillero que luchaba contra las tropas de Felipe V. Posteriormente se designó con ese término a los guerrilleros que combatían en la guerra de la Independencia; pero pronto las actividades de los trabucaires fueron degenerando hacia la delincuencia común, un mundo en el que se alcanzaron elevadas cotas.


                         Los desórdenes provocados por la guerra de la Independencia aumentaron el caos. Fue el momento de Josep Pujol Barraca, conocido como el Boquica, natural de Barcelona y nacido el 26 de septiembre de 1778. Cuando la invasión napoleónica, el Boquica ya tenía una cuadrilla de bandoleros con la que se había hecho célebre. Comenzó luchando contra los franceses, pero más tarde se puso al servicio de Napoleón, lo que probablemente justifica la leyenda negra que lo convirtió en el más sanguinario de cuantos bandidos habían habitado la sierra. Su grupo, que ascendía a unos 250 hombres, era conocido como los miquelets del Pujol.


Eren dos-cents miquelets
Els que en Pujol comanava
Ni servien a n’el rei
Ni servien a la patria.

De todos modos, eran muchos los bandoleros que se habían enrolado como confidentes entre los soldados de Napoleón, a cambio de obtener su recompensa cuando los franceses obtuvieran la victoria. Cuando los oficiales del emperador supieron que había uno con una banda tan numerosa y que al parecer deseaba unirse a ellos, la orden de ganarlo para la causa llegó de inmediato. El Boquica se vio convertido en comandante de sus propias fuerzas.

Cuentan que el Boquica fue convocado un día para comunicarle su nuevo nombramiento en una gruta muy escondida que desde entonces se conoce como laCova del Lladre (la cueva del ladrón).


—Companys, ja som francesos —exclamó entonces cuando un oficial francés le entregó una bolsa llena de monedas de oro.

Pero los franceses perdieron la guerra, y su retirada de la península hace insostenible la posición del bandolero, que cruza con ellos la frontera como exiliado.


No se libraría durante mucho tiempo: el gobierno español pidió la extradición, y Francia la concedió de inmediato. Cruzó la frontera atado de pies y manos, tumbado en una carreta, y el 1 de agosto de 1815 era ahorcado tras haber sufrido tormento.

El Boquica se considera el antecedente más próximo de las partidas de trabucaires, es decir, de los bandoleros que surgieron a la sombra de las perturbaciones políticas de la época, como el famoso en Felip. Con el regreso de Fernando VII, el terreno quedaba abonado para que los bandoleros proliferaran como hongos.

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